El vino del estío es una novela de Ray Bradbury publicada en 1957, cuatro años después de la aparición de Las doradas manzanas del sol y Fahrenheit 451. La historia transcurre en el año 1928 y narra las vacaciones de verano de Douglas Spaulding, un niño de doce años, en la ciudad ficticia de Green Town.
En tres prodigiosos meses Douglas Spaulding observa, escucha, saborea las sorpresas rituales de un verano: el descubrimiento de la vida y la muerte, el último tranvía, la limpieza de las alfombras, la aparición de las hamacas en los porches, la cosecha del vino del estío… Pero también máquinas y magias extraordinarias: la Máquina de la Felicidad, que casi destruye la felicidad de su inventor; la Máquina Verde, que pasea a dos viejas señoras por las calles del pueblo; la Máquina del Tiempo en el cuerpo de un viejo coronel; la Mujer Máquina, la terrible y fabulosa Madame Tarot…
Opinión
Posiblemente las obras más populares de Bradbury sean la novela distópica Fahrenheit 451 y la colección de relatos Crónicas marcianas, sin embargo creo que resulta poco acertado encasillarlo como escritor de ciencia ficción y fantasía, dado que a lo largo de su vida exploró otros géneros como la poesía, el teatro o el ensayo.
El vino del estío también rompe este cliché sobre la literatura de Bradbury ya que se puede categorizar como realismo mágico. Es considerada su obra más autobiográfica: los personajes principales Tom y Douglas Spaulding reflejan rasgos de su personalidad y el pueblo de Green Town está basado en Waukegan (Illinois), su pueblo natal.
Aunque quizás no resulte tan evidente al leerla, esta novela, al igual que Crónicas marcianas, también fue compuesta a partir de un conjunto de historias individuales, algunas de las cuales ya habían sido publicadas con anterioridad. El hilo conductor son los episodios cotidianos de un pequeño pueblo percibidos a través de la mirada de unos niños llenos de curiosidad, ingenuidad y asombro. Tienen especial relevancia las relaciones intergeneracionales con las personas mayores del pueblo y con la naturaleza misma, siempre desde el respeto y la admiración.
Todo el texto tiene un tono poético, ligeramente nostálgico, y está plagado de momentos de epifanía en los que creo que resulta difícil no contagiarse del optimismo y la inocencia infantil. No es un libro de aventuras, no ocurren grandes cosas, pero la forma en que los personajes interpretan los sucesos aparentemente corrientes los transforma en anécdotas extraordinarias. Suele decirse que los buenos poetas siempre conservan esta mirada propia de los niños, cargada de sorpresa ante la menor ocurrencia, y pienso que es algo que Bradbury logra reflejar muy bien en este libro, invitando al lector a cultivar ese maravilloso don que es el sentido del asombro. Y siendo el asombro un asunto de interés primordial, me veo en la necesidad de citar a Rachel Carson que lo trata a la perfección en un breve ensayo titulado El sentido del asombro (valga la redundancia):
Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, se necesita la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos.
No puedo estar más de acuerdo con Rachel Carson, y considero que el vino de diente de león de Bradbury es un elixir que nos ayuda a recuperar este sentido a veces olvidado y adormecido en los adultos.
Me gustaría terminar esta reseña con una curiosidad, y es que existe un cráter en la Luna llamado Dandelion que fue denominado así por los astronautas de la misión Apolo 15 en homenaje a esta novela.
Citas
— ¿Estás bien, Douglas? —preguntó Tom.
La voz venía de un pozo de moho verde, de algún lugar sumergido, secreto, alejado.
La hierba murmuraba bajo el cuerpo de Douglas; bajó el brazo, con su vaina de pelusa, y sintió, muy lejos, allá, los dedos que crujían en los zapatos. El viento suspiró en los caracoles de las orejas. El mundo se deslizó brillantemente por la superficie vidriosa de los ojos, como imágenes centelleantes en una esfera de cristal. Las flores eran de sol y encendidos puntos celestes, esparcidas por el bosque. Los pájaros aleteaban como piedras que golpeasen la superficie del vasto e invertido estanque del cielo. El aire pasaba con violencia entre los dientes, entrando como hielo, saliendo como llamas. Los insectos conmovían al aire con una claridad eléctrica. Diez mil cabellos crecieron un millonésimo de centímetro en la cabeza de Douglas. Oyó los corazones gemelos que le golpeaban los oídos, el tercer corazón que le golpeaba la garganta, los dos corazones que latían en las muñecas, el corazón real en el pecho. La piel se le abrió en un millón de poros.
— ¡Estoy realmente vivo! —pensó—. ¡Nunca lo supe, y si lo supe no recuerdo!
El vino de diente de león.
Las palabras sabían a verano. El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en parte olvidado, necesitara renovarse. Sería aquél un verano de insospechables maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordeñaran. En cualquier momento bajaría de puntillas a ese húmedo crepúsculo y acercaría las puntas de los dedos.
Y allí, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la mañana, con la luz del sol de junio tras una débil película de polvo, estaría el vino. Y al mirar el día invernal a través de la botella... La nieve se fundiría en pastos, en los árboles vivirían otra vez pájaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado sería azul.
— Ésa es la dificultad con su generación —dijo el abuelo—. Bill, usted me avergüenza, usted, un periodista. Todas las cosas que pueden saborearse en la vida, ustedes las anulan. Ahorre tiempo, ahorre trabajo, dicen. —Pateó los almácigos irrespetuosamente—. Bill, cuando tenga usted mis años, descubrirá que las cosas pequeñas, las alegrías pequeñas, cuentan más que las grandes. Un paseo en una mañana de primavera es preferible a un viaje de cien kilómetros en un coche que corre a los saltos. ¿Sabe por qué? Porque en el paseo hay aromas, cosas que crecen. Hay tiempo de buscar y encontrar. Ya sé. Ustedes buscan ahora lo grande, y quizá tengan razón. Pero como hombre que trabaja en un periódico debería fijarse usted en las uvas tanto como en los melones. Usted admira los esqueletos, y yo las huellas digitales. Muchas cosas lo aburren a usted, y yo me pregunto si no se debe a que nunca aprendió a usarlas. Si de ustedes dependiera, emitirían una ley que aboliría todas las tareas menudas, las cosas menudas. Se quedarían sólo con las grandes cosas, y tendrían entonces que pasarse las horas ideando algo que hacer para no volverse locos. ¿Por qué no aprenden de la naturaleza? Cortar el césped y arrancar zarzas puede ser un modo de vida, hijo.
— Abuela, ¿quién arreglará el techo la primavera próxima?
Todos los meses de abril, desde que había calendarios, uno creía oír un pájaro carpintero en el techo de la casa. Pero no, era la bisabuela que transportada allí de algún modo, cantaba martillando clavos, reemplazando tejas, ¡muy alto en el cielo!
— Douglas, no dejes que nadie arregle las tejas si el trabajo no lo divierte.
— No, abuela.
— Cuando llegue abril, pregunta: ¿quién quiere arreglar el techo? Y si una cara se ilumina, ésa es la indicada, Douglas. Pues desde ese techo puedes ver el pueblo entero que va hacia el campo, y el campo que va hacia el borde de la tierra, y el río que canta, y el lago matinal, y los pájaros en los árboles debajo de ti, y lo mejor del viento a tu alrededor. Cualquiera de estas cosas basta para que alguien quiera subir al techo algún amanecer de primavera. Es una hora maravillosa, si se le da una oportunidad...
Y entonces, de pronto, terminó el verano.
Lo supo mientras caminaba calles abajo. Tom lo tomó por el codo y apuntó ahogando un grito al escaparate de la tienda. Se quedaron así un rato, sin poder moverse. En el escaparate veían aquellas cosas de otro mundo, dispuestas tan ordenadamente, tan inocentemente, tan terriblemente.
— ¡Lápices, Doug, diez mil lápices!
— ¡Oh, Dios mío!
— Libretas, anotadores, borradores, acuarelas, reglas, compases, ¡cien mil de ellos!
— No mires. Quizás sea sólo un espejismo.
— No... —gimió Tom, desesperado—. La escuela. ¡La escuela ante nosotros! ¿Cómo, cómo las tiendas exhiben estas cosas antes que haya terminado el verano? ¡Nos arruinan la mitad de las vacaciones!
Volvieron a la casa y encontraron al abuelo en el césped marchito de la acera, con manchas blancas, que recogía los últimos y escasos dientes de león. Trabajaron con él silenciosamente un rato, y al fin Douglas dijo, inclinado sobre su propia sombra:
— Tom, si este año ha sido así, ¿cómo será el próximo, peor o mejor?
— No me lo preguntes. —Tom tocó una melodía en un tallo florecido—. Yo no hice el mundo.
Recomendaciones
Ray Bradbury es uno de mis autores de relatos favoritos, entre los que destacaría:
- La pradera (incluido en la colección El hombre ilustrado)
Una pareja adinerada construye el cuarto de juegos virtual definitivo para sus malcriados hijos. Esta guardería electrónica se completa con una sabana africana y leones devoradores de hombres. Es tan real que hasta se puede oler la última comida de los leones.
- Vendrán lluvias suaves (incluido en la colección Crónicas marcianas)
La rutina diaria de una casa automatizada, cuyas tareas serviles continúan, sin impedimentos por ahora, después de un holocausto nuclear.
- El peatón (precuela de Fahrenheit 451)
- La sirena (incluido en la colección Las doradas manzanas del sol)
Dos hombres se encuentran cuidando un faro cuando una extraña criatura acude tras oír la sirena de dicha edificación.
- El asesino (incluido en la colección Las doradas manzanas del sol)
La rebelión de un hombre contra la sobrecarga sensorial provocada por la omnipresente electrónica.
Atribuciones
Imagen:
- Cesta de estío, de Zreiza.
